22.8.11


No sé si llevaba tatuaje © pic Charles Burns
No suelo escribir sobre la vida cotidiana, jamás tengo ganas de recordar los eclipses de elipsis, el pronóstico del tiempo, si se casa por fin la prima del pariente lejano de tu tía barbuda, el de la nariz de polla. Pero necesito rememorar esto y así quizá lo entienda mejor, porque el otro día conocí a un extraterrestre.
Hay un subgénero cinematográfico que me encanta, es muy de los años ochenta, los extraterrestres que vienen de expedición a la tierra y toman forma humana, una que sea apropiada en ese período para poder investigar el comportamiento de las personas haciéndose pasar por una de ellas. Una forma humana que pase en cierto modo desapercibida, pero que resulte más o menos simpática, no puede ser una tribu urbana misántropa, no pueden ser góticos (mi tribu favorita), sino más bien expansivos, aunque sin desvariar tampoco.
El pasado fin de semana me presentaron a un chico, llamémosle Denis para no desvelar su verdadera identidad. Su aspecto no me llamó especialmente la atención: zapatillas viejas, pantalón incoloro, pelo rapado al uno por los lados, cresta rubia discreta (parece una contradicción pero no lo es), camiseta negra anodina de manga corta, una interesante cadena metálica colgada sobre el pecho (la clave de algo, quizá), huellas recientes de acné, y un pendiente simétrico blanco que resplandecía en la noche.
Podría parecer un chico que levanta el freno de mano con sangre fría cuando su coche de color tostado y carrocería tuneada sobrepasa los 180 kilómetros por hora. Y derrapa justo donde termina el polígono industrial, en el punto de reunión sistemática con sus amigos, una fiesta leal donde combinan bebidas que combinan fatal, con mucho hielo y perros cuyas mandíbulas presentan prognatismo y porros envueltos en papel de puro que les han robado a sus padres y anfetaminas y chicas neumáticas con el pelo muy estirado para que las mechas de tigre marquen perfectamente los cuatro lóbulos del cráneo.
Pero no, esta impresión no encajaba en cuanto Denis abría la boca, porque era demasiado amable (el perfil del tuneado no suele ser tan amable). Tenía un acento que era un poco delincuente juvenil pero resultaba demasiado cordial para encajar con ese papel. Y le gustaba el flamenco más cursi, y también las canciones de La Movida madrileña más de boda, y según él todas las demás músicas, todos los estilos. Y los pasos de Semana Santa le emocionaban, se le ponían los ojos cristalinos con tan sólo imaginarlos. Y sentía mucho respeto por los cuerpos de seguridad del Estado, hasta admiración por sus dosis de supuesto entrenamiento y teórica preparación y sincera vocación del orden. Y cocinó unas tortillas de patata con mucha habilidad y el hechizo de una cocinera experta.
Y preguntaba: "¿De qué habláis?". Ya nunca nadie pregunta "¿De qué habláis?", yo al menos hacía mucho tiempo que no lo oía. Pero Denis lo preguntó varias veces esa noche, en esa fiesta, y siempre se unió así, de ese modo como de otra época, con suma facilidad, a las conversaciones de los demás. Debatió, ante todo muy atento, sobre temas tan dispares y apasionantes como la vida en pareja, el ejercicio físico en pareja, la vitrocerámica o la cocina de fuego, los viajes organizados, el baile del futuro, la tradición de la fimosis y la revolución tecnológica, o el rubor de los padres antiguos (sin concretar la década pero supuestamente a años luz del presente) al hablar de sexo con sus hijos.
El software de cultura general y códigos de actualidad y astucia que le habían instalado era amplio aunque funcionaba con una naturalidad tan perfecta que extrañaba a todos los presentes. Nunca hacía muecas de sorpresa o desconocimiento ni tampoco daba síntomas de aburrimiento o de saber fatalmente cómo iban a acabar las frases de los demás. Podía responder a todo y hablar de lo que fuera y entender cualquier atrocidad o vicio inconfesable.
Su pinta no se correspondía con su talante. Tenía curiosidad e interés aparente por todas las personas invitadas, gentes que respondían a retratos muy diferentes y hasta antagónicos. Él hablaba con todos como si les conociera de hace años y sobre todo daba la impresión de que le volverías a ver. Quizá cuando yo ya me había ido rapeó una canción de Burt Bacharach.