© pic Adrian Tomine
Coppola purpurina
(Mientras reescucho ‘Electro-Shock Blues’ de Eels y 'Summer Sun' de Yo La Tengo)

No importa excesivamente el parentesco exacto de Gia Coppola con la raíz Coppola ni desde luego el orden cronológico de su presunto talento con el mismo, es decir, si es cuestión de genes o de ósmosis. Sino qué misterio convierte a una velocidad imperceptible para el ojo humano sus lágrimas en purpurina, sus gafas en escáner, su mascota en la pantera rosa y el exceso de maquillaje en melodramáticos tatuajes de virgen sensual.

La clave de esta estirpe reside en la telequinesis de sus películas, en el talento para desplazar objetos sin que intervenga ningún medio físico conocido, en la alegría que generan con experiencias cercanas a la muerte, en esos escenarios psíquicos desconocidos para la conciencia. Sean fruto de cortometrajes imberbes o ediciones especiales de Francis Ford, esa versión celulítica de las películas sin cortes ni fundidos a negro aunque en este específico caso sí a toda clase de derivados de la leche y a casi cualquier materia prima (¿será la prima, Gia?, sinceramente no lo sé) susceptible de fermentar.

En lo que se refiere al patrón, en vez de únicamente el Apocalipsis del supuesto Nuevo Testamento de nuestra era, en estas series limitadas y empaquetadas lujosamente, también asistimos al Antiguo testamento y al consabido método de interpretación del que soy fan hace tantos años, (suspiro), el que imaginó una tarde de cielo plomizo Konstantin Stanislavsky cuando Marlon Brando mandó en su nombre a una actriz que no era actriz india que no era india a recoger su Oscar de Hollywood para que se manifestara fuera del gueto donde nunca estuvo y en la intimidad de las masas en contra del tratamiento que recibía su pueblo en las películas de Hollywood.

Esto es Coppola, por extensión, un silogismo sin premisas. El oxímoron, ‘contradictio in terminis’ (una tesis sin latinismos sería inaceptable).

La herencia del abuelo (¿será la nieta, Gia?, sinceramente no lo sé), un cine sin predisposición, sin colorete, sin delinear, de aliento enfermo, pantagruélico, de culos gordos y una única postura sexual, prehistórica aunque violenta y de alto voltaje; deviene en unas imágenes también fascinantes pero en el contraste más absoluto de su germen, repleto de consoladores y mentol y antifaces.

Pero también de imaginación, con capacidad de improvisación, relajación muscular, con respuestas inmediatas a una situación imprevista, que regenera emociones experimentadas en el pasado, y la claridad en la emisión verbal. El alma del portero hecha delantero, la reencarnación de Higuita si no fuera Higuita, ese futbolista colombiano mítico, si este nunca hubiera lucido el flequillo liso y la melena rizada en un mismo y único peinado, en una misma noche y madrugada y despertar sin dormir, sino un tupé de los años cincuenta. Despertar sin dormir, eso es Coppola.
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