Androide
Tengo la puerta de mi pequeña terraza o gran balcón entreabierta y se cuela un aire frío y húmedo primaveral que me hace sentir bien. No parece típico de Madrid ni típico de California, sino en mi restringida memoria se remonta a típico de Long Island, una isla del estado de Nueva York, donde estuve el verano que cumplí 11 años. Los recuerdos de niño o adolescente que se expanden en mí de forma inesperada y fértil nunca son de mi vida diaria, automatizada o casi androide, sino de cuando viajé y salí de mi hipotética piel y desplegué mis alas imaginarias. Quizá sea selectivo y arbitrario al mismo tiempo e inconscientemente, de ser así debería desmayarme más veces. Allí jugué al béisbol para niños, sófbol, "bola blanda". Difiere en el tamaño de la bola, la forma del bate, el tamaño del campo y pequeñas normas del reglamento. Pero las hazañas siguen siendo las mismas, y los héroes también, los inesperados como yo. Un extranjero que golpea la pelota en el primer intento sin saber muy bien cómo y la manda lejos sobre la barda del outfield y da la vuelta al campo de rigor, homerun, una carrera al trote, y de vuelta a casa con las manos en los bolsillos. Allí subí a la azotea y me hice el interesante, me senté abrazado a mis rodillas y miré al cielo protagonizando un momento álgido de una película teen con final feliz y alguna lágrima y un poco de pis. Al intentar bajar noté que el tejado crujía y me entró el pánico, me imaginé en el suelo de la casa observando el cielo estrellado a través de un agujero del techo del tamaño de un meteorito y todo por mi culpa, la estúpida película. Pero no, falsa alarma, a lo mejor sólo fue el inevitable sonido de los pasos en la azotea, o quizá estuve a punto de liarla. Aterricé sin accidente y me fui a dormir, supongo.
Suena Fakebook de Yo La Tengo (un disco que me recomendó mi amigo Pierrot). Huele a Purrusalda.