Sigmund Freud no es Elvis, y prefiero a Robert Pollard
Un i-iwi, el pájaro rojo de plumas negras que agoniza en Hawai, cruza la carretera mientras yo conduzco, pero lo veo a lo lejos y me da tiempo, casi una pausa de mando a distancia, a esperarle, observarle y dar una calada al cigarro con otro ánimo. En el asiento del copiloto, aunque no recuerdo haber recogido a nadie en el camino (jamás lo haría salvo en el caso de Slim Bryant, más que nada porque si me paro estoy perdido), una iguana se funde con el cuero, se convierte en una sombra de mala conciencia, una nube negra doméstica. Cada latido del corazón lleva consigo una secuencia de eventos. Pienso en una caja de herramientas, con sus llaves inglesas y cinta adhesiva, y me entra el pánico. En la radio suena Ghosts of a different dream de Guided By Voices, y asiento con la cabeza al compás de la canción, una de mis favoritas. Todos me adelantan o me dejo adelantar, porque la mayoría no podría competir conmigo aunque no soy competitivo desde los 14 ó 15 años. Moteros de ruedas obesas y cabezas minúsculas como los trofeos de los Jíbaros. Todos alumnos de meditación oriental para la purificación del alma. La presión disminuye con la altitud, debo estar al nivel del mar. Me asusta el ruido infernal de una marea humana tirándose de cabeza al fondo del subsuelo sin ni siquiera la reputación del abismo ni el vuelo del atleta que rebota contra el trampolín. Me aplasta, despierta mi lado oscuro, supongo que el de la iguana. Respiro profundamente varias veces y cerrando los ojos como si estuviera a punto de diseccionar a la rana que besó a Sissy Spasek. El aire es muy denso, como el gas más pesado conocido, contiene uranio. Hace un año la sonda japonesa SELENE descubrió por primera vez indicios de uranio en la Luna.
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