El naranja no es un color agresivo como el rojo
Hoy me levanté cuando aún era de noche, y me puse una capucha verde y unos pantalones de chándal azules, y unas zapatillas ilustradas con palmeras que ya están rotas quizá porque aquí las palmeras se dan mucho peor que en California. Busqué el coche y lo encontré, normalmente nunca jamás recuerdo dónde lo he aparcado, y me paso un rato demasiado largo inspeccionando todo el barrio y se me pudren un poco más las palmeras. Pero hoy mi memoria no tiene tanta polución, ayer llovió mucho en poco tiempo, me asomé al patio de noche para respirar el agua y la clorofila, la tormenta rebotaba contra el suelo de la azotea y las luces encendidas de las casas atravesaban las cortinas de gotas y un arco iris extraño e imposible parpadeaba como las interferencias del televisor. El dispositivo de la zona de aparcamiento del área de la ciudad donde vivo tiene un número primo en el centro, hace que el coche parezca un jugador de baloncesto excéntrico o carismático o ambas cosas. Madrid es una ciudad que la verdad no me gusta casi nada, por muchas razones; pero me gusta mucho más sin gente, luego es difícil que se den las circunstancias adecuadas para mi absurda preferencia. Hoy inesperadamente durante casi una hora así fue, no era tan pronto pero la verdad es que estaba casi solo por la calle cuando estaba amaneciendo. Me incorporé a la autopista, en el horizonte asomaba un inmenso sol naranja, dorado, brillante, incendiario, igual estaba al sur de la Ruta Estatal de California 94 y al oeste de la Interestatal 8 en Boulevard y al norte de la frontera entre Estados Unidos y México.