© pic Roy Lichtenstein

En cuerpo ajeno
“Puedo ver la atmósfera en una mancha púrpura”, cantaba Karen Ghostlaw en su máximo momento de apogeo y prestigio, tan sólo acompañada de su ukelele desafinado.
Todo lo que me es algo ajeno por eso me resulta tan familiar.
“En cuerpo ajeno” fue una telenovela colombiana que tuvo un enorme éxito, a pesar de su cambio de horario debido a un racionamiento nacional de energía. O por eso, supongo yo. Ese hábitat de restricción más propio de Apocalipsis o guerra nuclear, perpetrando desgracias o calamidades, siempre favorece el desarrollo de tramas y más si son folletinescas o thrillers de oficina. No hace falta ser antropólogo para saber esto. Ni siquiera es necesario ser discípulo de Joseph Campbell para llegar a semejante conocimiento. Es más como un alud, éste puede ser desencadenado por una causa mínima. A la distancia de un click, en Facebook o casi cualquier otra red social, el sentido mismo del misterio de la vida. Tan cerca del cielo como subirse a una azotea y estirar la mirada. Un ejemplo: he visto la TV mientras desayunaba y se me ha puesto la piel de gallina. He llorado con el recuerdo de un ciclista que ganó una medalla olímpica hace un año, fruto de cierta alienación colectiva supongo, puesto que no conocía al ciclista y el ciclismo me aburre de solemnidad. Hace falta transparencia que deje pasar fácilmente la luz y así encuentre el motivo, quizá retrotrayéndome a cuando era un protozoo, para desentrañar el por qué. Pregunté al mecánico por el precio de las ruedas. Me contestó si me gustaban los perros.
¿En qué momento y cómo se citaron toda esa gente en el corazón de la ciudad? ¿Es todo este supuesto simbolismo de baja fidelidad fruto de la casualidad?