Todos tenemos un KYP dentro
Fortunato no le convenía, aunque fuera su nombre digamos real. A él le gustaba más Kyp, un nombre como de percusionista, onomatopéyico, que más bien parecía un eco de algo que algo en sí. Quería al menos eso, aspiraba a escuchar su cándido reflejo, aunque fuera tan sólo fruto de que las ondas magnéticas rebotasen contra sus propias paredes, y darse el relevo a sí mismo, y entonces, al escuchar el mero sonido de su alias, pasase algo mágico, la salida a una carrera vertiginosa, una modesta epopeya. Para eso lo mejor era el cuarto de baño, donde la reverberación era francamente mayor. Se observaba a sí mismo en el espejo, mientras cantaba su nombre en voz baja, y progresivamente subía el volumen hasta alcanzar el mantra más solitario del mundo. Se imaginaba que estaba en un gran escenario oscuro, donde no alcanzaba a ver el techo, iluminado por un foco remoto, y frente a un ascético público al que él no podía distinguir gracia a la luz perturbadora, a ese amanecer artificial. La gente le observaba sin curiosidad perniciosa, sólo con expectación. Con la mirada fija en su silueta y absortos por el sonido de su nombre inventado, repetido una y otra vez en un bucle infinito y progresivo. Se generaba un efecto electrónico, un parpadeo, una cadencia casi tropicalista, un microclima sin cobertura vegetal, una niebla de efecto invernadero debido al goteo de esa sílaba pronunciada sin respiro en un principio sólo por el propio Kyp. Pero, poco a poco, una vez los asistentes iban superando la vergüenza intrínseca en el ser humano occidental más los complejos subjetivos de cada uno, el coro se iba conformando. Un ejército disfrazado de robot, un musical grandilocuente en el que después de repetir “KYP” 800 veces la mente trascendía a otra dimensión, a un simulacro de éxtasis pre-programado en la imaginación sólo para estos casos excepcionales en los que si no saltara automáticamente este dispositivo de alarma el cuerpo estallaría en mil pedazos. La sensación era de bienestar, casi todos coincidían en compararlo con explorar el fondo del mar, aunque unos pocos creían estar jugando al bádminton en el espacio.
© pic Napoleon Dynamite