Laszlo Kovacs y yo, en la milla cero de No Land, buscando wi fi desesperadamente para contactar con Anita, que está en Chicago y la echamos de menos, y queremos contarle absolutamente todo y ya sobre nuestro condensador de fluzo. Necesitábamos pinchar la línea de quien fuera, confiábamos en que algún edificio de empresas, hoteles, teterías con ínfulas literarias y anoréxicas, tuvieran una conexión con el Ethos y colarnos por el espacio libre que fatalmente siempre deja el prototipo digital. Parpadea un icono con forma de frixuelo en la computadora portátil y aparecen seudóminos o heteronóminos o acrónimos, relacionados con el motor o el gas o la lencería más combatiente. La gente nos miraba, qué hacen estos en medio de la carretera con un portátil, uno, y el otro paseando concentrado por el arcén con un paraguas violeta. Pues LK emitiendo un grito digital, un Help en versión wi fi, sabemos que estáis ahí, sabéis que estamos aquí, quedemos pues para jugar en los columpios y desplegar nuestras alas gigantes y para mirar las nubes de látex. Y yo compensaba el java de LK con el ejercicio de enumerar actores malditos, conmocionado por John Q., una película que nos había dejado en estado vegetativo la noche anterior, protagonizada por Denzel Washington. Sucedió algo: en pleno zapping llegamos a Mickey, su hijo en la trama, un niño que juega al béisbol y que tiene un corazón muy grande (en los dos o más sentidos) y necesita imperiosamente un trasplante. ¿Nos interesó lo más mínimo el futuro de Mickey? No, pero sí nos generó mucho cargo de conciencia con el zapping, ya no puedes pasar como si nada al humor amarillo o a un drama de pareja con Elizabeth Taylor y Richard Burton. Tienes que ver qué pasa con Mickey, porque puede morir, y mierda, no puedes actuar como si te diera exactamente igual, como si fuera el hijo de Woopy Goldberg. Esa es la diferencia, muy pequeña, pero determinante... to be continued

Laszlo Kovacs and me, at mile number zero from No Land, looking desperately for wi fi to get in touch with Anita, who is in Chicago and we miss her, and we want to tell her absolutely everything and right now about our flux condenser. We needed to bag the line of whoever, we trusted some companies buildings, hotels, tea shops with literary vanities and anorexics, had a connection with the Ethos and to slip through the free space that fatally always leaves the digital prototype. A frixuelo (delicious spanish dessert that looks like a flat cake)-shaped icon blinks in the portable computer and they appear as pseudomonas or heteronyms or acronyms, related to engines or gas or the most warlike lingerie. The people were looking at us, what the hell are they doing in the middle of the highway with a portable computer?, one of them; and the other is walking around the verge really concentrated with a violet umbrella. Then, LK was sending out a digital howl, a Help in wi fi cover, we know that you are there, you know that we are here, let's stay then to play by the swings and let's open our giant wings and look at the clouds of latex. And I was making up for the LK's java with the exercise of listing haunted actors, shocked by John Q., a movie that had left us in vegetative condition last night, with Denzel Washington. Something happened: in the middle of the zapping session we got to Mickey, his son in the plot, a child who plays baseball and has got a very big heart (in both or more meanings) and he needs imperiously a transplant. Were we interested in the future of Mickey? Not, but of course we suffered from guilty conscience with the zapping, you can't keep going with the zapping any more, to a drama with Elizabeth Taylor and Richard Burton or to any other tv show. You have to watch what happens with Mickey, because he can die, and shit, you cannot act as if it all was absolutely the same to you, as if he was the son of Woopy Goldberg. This it is the difference, very small, but decisive... to be continued