Tengo un gran amigo en plural que pertenece a una secta que restringe su comunidad a quienes fumen porros y tengan nombres molones, alias que reflejen fielmente su inexorable destino: Exacto, Rok, Nefasto... Tienen que darse forzosamente las dos condiciones, que riman, por el retrato robot de quienes suman esas 2D, con el v茅rtice que alcanza la verdadera 3D, una comida op铆para (sucintamente "una op铆para", en su c贸digo, es el elucidario que determina una reuni贸n clandestina, que siempre se celebra en su sede oficial, la casa de Jonathan y El Joven Edgard). La primera y hasta ahora 煤nica y magn铆fica vez que he asistido, como invitado (no soy miembro de la secta; soy un simpatizante) pude visitar todas sus reliquias, s铆mbolos y rituales: las paredes llenas de fotos de chicas desnudas en escorzos, efigies de talibanes y de papas conviviendo en un mismo y enternecedor rinc贸n, la m煤sica de Dave Mathews Band fustigando sus almas (Jonathan persiste en que le gusta, pero yo no me lo quiero creer) como la espuma de aceite de ricino. Puede parecer en una primera impresi贸n que s贸lo se trata de un entretenimiento, o lo que a煤n ser铆a mucho peor, un hobby, pero pertenecer a la secta implica tambi茅n transigir, fustigarse, castigar a la suerte, esgrimir razonamientos c铆nicos, un proceder tergirversado en nuestra huera sociedad. Cuando la historia de Los C铆nicos, en especial la del fil贸sofo Ant铆stenes, afirma que la esencia de la virtud, el bien 煤nico, es el autocontrol, y que esto se puede inculcar. Los c铆nicos despreciaban el placer, que consideraban el mal si era aceptado como una gu铆a de conducta. Juzgaban todo orgullo como un vicio, incluyendo el orgullo en la apariencia, o limpieza. Se cuenta que S贸crates dijo a Ant铆stenes: "Puedo ver tu orgullo a trav茅s de los agujeros de tu capa".