Maracas
Tengo unas maracas que nunca toco. Están encima de una caja recopilatoria de Buffalo Springfield. Al lado hay otras dos cajas, una contiene frutas marcianas que no maduran en la tierra, pero que si las sacase fuera de la estratosfera se desvanecerían como en la maldita canción de Neil Young, la que esgrimió Kurt Cobain como una de las razones de su despedida, sin que al menos yo las demandara. En la otra, el vinilo Unboxed de Free Kitten (un grupo raro de Kim Gordon) sobresale, y también se intuye el Sonic Youth with Yamatsuka Eye, uno de sus discos extravagantes, ruidismo sobre piezas de Stockhausen. Como la última vez que toqué las maracas, un fin de año. Gambas, Nick Lowe, pastel de jabalí, nieve, playa, sol y árboles sin nombres. Unos días muy bucólicos en No Land.

Parece mentira, eso es lo que se dice cuando algo es muy bonito, como las canciones de The Basement Tapes de Bob Dylan & The Band. Tostadas con mermelada, café con grumos y cigarrillos imaginados. Crema de calabacín con queso. Hambruna de picante. Y luego, inexorablemente, llega el turno del escarabajo arlequín oloroso inmaduro, un singular héroe de la basura, aunque también le gusten las flores, como a todos (no me refiero a todos los escarabajos). Espinacas, piñones, yogures, queso, tomate, manzanas, plátanos, coca cola, cerveza, lechuga, chuletas de sajonia, espaguetis, bonito, aceitunas, pimientos verdes, huevos, albahaca, y chocolate. Mientras, escucho a la banda canadiense Frog Eyes, lo contrario al déjà vu. Y probablemente por la indigestión, muy placentera (que no haya dudas), soñé que enceraba y enceraba mi tabla de surf pero siempre me la olvidaba junto a las llaves, así que terminaba nadando a braza hasta la eternidad porque no podía entrar en mi casa sin las llaves.

He decidido que para las próximas maracas tengo que comprar YA uvas congeladas, las mejores, como suelen arengar en mi familia, y haré un asado, porque toda reunión especial tiene que tener un asado, y pimientos rojos dulces y patatas deshidratadas y té con cardamomo, como si fuera el último ritual de la tierra. Entonces cultivaré todo el año la abstracción tangible aparte de rábanos y jengibre, para tenerlo todo bien dispuesto, que no me pille a contra pie el año del conejo, el gato o la liebre. Y beberé cerveza servida en escorzo, sobre vasos desde lo alto de una escalera lo más alta posible, para mezclarla metafóricamente con la resina que caiga de las copas de los árboles (normalmente metafóricos también), aunque sepa sin duda que por mucho que suba no estaré más cerca del cielo en absoluto ni alcanzaré hasta donde llega la vista. Like A Virgin de Madonna nos devuelve a la realidad profana, pero yo bailo shimmy y me atrevo con unos tomates y champiñones agonizando en sal, pimentón, albahaca y una cucharada sopera de aceite. Bravo. Y alguien me toca el culo.
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