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Retrato robot de una canción perfecta
Alguna resonancia de ‘Paisaje’ o La estrella polar’, poemas de Vinicius de Moraes. La orquestación psicodélica de The Beatles siempre después de que abandonasen el rock&roll grecorromano. La típica atmósfera de medianoche de Harry Wilson. La angustia estruendosa de Kevin Shields. La amena fatalidad de Eels. La felicidad simulada de los Beach Boys. Un guiño a algún desafío imposible. Alguna burbuja de la efervescencia de Daniel Johnston, y al menos una gota del olfato de Jad Fair. El montaje del hip-hop. Los fundidos a rosa de Punch-Drunk Love. Las elipsis de una película pornográfica. Los prolegómenos de una de superhéroes. El desarrollo de una paella. Y el sabor de la yuca frita. La épica de lo mundano. La ciencia ficción de lo invisible. El traje de Elvis Costello. Las guitarras reverberantes de The Hollies. Un estribillo tan profundo como ‘Sometimes A Pony Gets Depressed’ (En alguna ocasión un pony puede deprimirse) o ‘Candy Jail’ (La prisión de los dulces) de Silver Jews. Algún alegato por una especie en vías de ficción. Los coros de NRBQ y la clase de Fleetwood Mac. Y las piernas de Tina. Y los colores de Kimya Dawson, y su pelo y el de Buzz Osborne. Y el casiotone distorsionado a lo bestia.