Mil años después del presente
A Calcáreo Triste* le gustan de vez en cuando las patatas chips con vinagre y sal, tipo inglés, mejor si son las originales, aunque también su versión más globalizada, en bolsa de snack y de casi cualquier marca vulgar. Un capricho industrial, podríamos decir, un desliz quizá, una licencia temeraria en su dieta omnívora habitual repleta de comida fresca y multicolor, similar a la de un caballo de carreras y un pony de tupé oxigenado y un canguro de bolsillo en las tripas y un león marino del golfo de Alaska, sin ser ninguna de esas especie salvo sólo un mamífero en escorzo de ser humano. Hace 36 horas, después de dar un concierto que fue un "éxito rotundo", retransmitido por video-conferencia desde el estado mental de California hasta Hawaii y Bombaii y Las Islas Cocos o Islas Keeling (donde los canguros) y Amsterdam y México y Nueva York y la cápsula criogénica de Futurama de mil años después del presente, Calcáreo estaba algo cansado. Su estómago parpadeaba y de esa interferencia parecían entenderse vagamente las palabras “me muero de hambre” o “prefiero que sea picante”. Optó por ambas opciones, las patatas chips con vinagre y sal podían representar un gran plan, una solución rápida -algo infladas de helio, sí, pero en un supermercado exclusivo de alimentos envasados y a media noche no se podía aspirar a nada más que a combinar cualquier cosa virtualmente suculenta con alguna bebida atestada de gas. Antes de abrir la bolsa, incluso antes de quitarle el tapón a la bebida a pesar de que estaba sediento, se fijó en todos los reclamos publicitarios de los dos envases: competiciones deportivas intercontinentales, concursos de belleza infantiles y de los padres de las menores de edad, hipotéticas asociaciones entre los alimentos y otras marcas que estaban en Wall Street o en alguna red social censurada en China o quizá se tratara de empresas de combustible para prototipos de vehículos sin conductor que al menos él no lograba asociar. Entre tanto fluorescente y logotipo manido una frase le llamó mucho la atención. Unas palabras escritas en una tinta que se podía rascar con una moneda y así se revelaría un mensaje oculto, un secreto supuestamente maravilloso: "tú puedes ser el ganador, rasca y gana una velada en la compañía de un arlequín". Calcáreo empezó a sudar frío ante la posibilidad de que fuera él el ganador de semejante pesadilla y tiró la bolsa a la primera basura que encontró.
*Según con quien estuviera, de habla inglesa o española, se referían a él como Chalky Blue o como Calcáreo Triste, porque tanto de una forma como de la otra su nombre sonaba genial, nada católico, nada tipo Fernando o algún nombre compuesto de algún papa.