© pic Martin Parr
Teletienda de cadáveres estelares

A las doce de la noche en punto se produjo un cortocircuito en la retransmisión de la TV. Al principio Mary Elizabeth –así ponía en la pegatina rosa desvaída de su buzón y en todo el correo postal que recibía: las cartas del banco con el nombre de la ciudad donde nació y los recibos de la luz domiciliados en ese banco y las papeletas del censo electoral que le enviaban cada cuatro años a pesar de que jamás votaba en ningunas elecciones-, aunque todos sus amigos y colegas de la música (en "su época" fue una cantante mítica) la conocían como ‘Sissy’, creyó que sólo era cosa de su mierdosa y apestosa televisión. Pero en un momento extraño en el que decidió no echar la culpa de todo a los cochambrosos aparatos que le había dejado en herencia un marido al que nunca quiso, se asomó a la ventana, para lo que tuvo que correr la cortina beige, mugrienta, y volvió a blasfemar. Siempre se dormía con las pupilas dilatadas viendo cualquier película de catástrofes, y se despertaba con la teletienda de cadáveres estelares. Su dormitorio daba a un patio interior desde el que podía cotillear las televisiones de sus odiados vecinos, casi siempre refulgiendo con retransmisiones de deportes de equipo que le daban arcadas. Todas estaban apagadas. Primero dedujo que todos se habrían muerto. Y sonrío abiertamente pero se asustó de sí misma. Luego concluyó que más bien algún tipo de problema grave relacionado con el cambio climático o con algún sabotaje habría acontecido. De ahí que la televisión no funcionara, y estaba segura de que muchas más cosas no funcionarían durante toda la noche, casi todas las cosas que de algún modo iban por el aire, las que se mueven más allá de “lo natural”: un teleférico sin paradas suspendido en un elegante cable de funambulista, por supuesto los aviones, sobre todo los supersónicos, asimismo los bombardeos que se estuviesen produciendo en esos instantes, cualquier cometa, Internet... Se lo tienen bien merecido, balbuceó. Con la tranquilidad de tener explicación para este y cualquier otro misterio para necios se metió en la cama y se empeñó en dormirse aunque no tenía nada de sueño. Al poco tiempo, aunque sólo era su impresión porque habían pasado realmente seis horas, el ruido de fondo la despertó. La televisión había vuelto a funcionar, y la programación de la teletienda de cadáveres estelares proseguía su destino morboso. La voz en off hablaba esta vez de una estrella en nebulosa, de una envoltura brillante en expansión de plasma y gas descubierta a 2.300 años luz de la Tierra, denominada Mary Elizabeth ‘Sissy’.