L.A.C.A.
Hace ya un tiempo confuso, porque ese recuerdo terrorífico que uno siente con las películas de miedo me aturde, atravesó mi cuerpo un rayo catódico y me partió la conciencia en dos escrúpulos idénticos en tamaño aunque hostiles. Una mitad lloraba de risa y otra de pena. Como las dos caras de Prince, o de Boy George. Todo ocurrió cuando oí unas palabras legendarias despegar de la TV, embaladas en una voz femenina: “Sin amoniaco”.
Confieso que escuchar no era lo que hacía precisamente, sino vigilar los gnocchi y lavar la albahaca fresca. Pero esos fonemas, volátiles quizá por nombrar uno de los gases que formaban la primitiva atmósfera, retumbaron en la sima de mi aparato auditivo; en mi martillo, yunque y estribo. “Sin amoniaco. “Sin amoniaco”. Una melodía in crescendo que yo fantaseé con que estuviera compuesta por Angelo Badalamenti (Brooklyn, Nueva York, 1937) mi italoamericano favorito junto con Tony Soprano. Y con que nos desvelara quién mato a Laura Palmer (Twin Peaks, David Lynch) en un código críptico ininteligible para casi todos menos para Jimmy Corrigan (1) y Karl Ferdinand Braun (2).
Pero aún sin poder descifrar semejante fórmula trigonométrica, su enunciado, en su sentido y en su actitud, me descubrió algo más allá de la laca de pelo que promocionaba y de la curiosa redundancia de electricidad estática que desprendía la pantalla de televisión en ese instante, dado el campo magnético del aparato en sí y de la crispación intrínseca de esta secreción resinosa y translucida denominada vulgarmente laca.
Y volvemos una vez más a Proust y su bizcocho dulce totémico: en lo que se refiere a mis recuerdos más atávicos, el excesivo olor a laca que se genera en las peluquerías me pone enfermo. Y, aunque no lo huela, puesto que mi TV no es tan moderna aunque es un buen electrodoméstico porque realmente es de Laszlo Kovacs, quien se lo dejó a su hermano Lando Kovacs, o también llamado El Verdadero Laszlo Kovacs, cuando se mudó (Laszlo, el simulador, digamos) a Ámsterdam, y a su vez Lando me lo trajo a mí cuando él se mudó a Vietnam (todo esto, como absolutamente el resto de lo que cuento, no sé si es verosímil pero sí es desde luego verdad absoluta), su mera presencia en las dimensiones que sea altera por completo mi organismo. Para estos momentos de alergia extrema siempre tengo a mano mi guitarra y tarareo "Woman" de John Lennon. Y todo va bien. O quizá todo sea fruto de la casualidad.

(1) The Smartest Kid on Earth (El niño más listo del mundo), de Chris Ware.
(2) Inventor del Tubo de Rayos Catódicos
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