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No soy un superhéroe
La fiebre del heno me contagia el mal desde el iris hasta mi memoria. No se trata de un ligero cosquilleo de nariz, encantador, atrevido, provocador. Me recuerdo en la enfermería del colegio con los ojos como los de Steve Buscemi herido. La primavera era La Bella pero ahora es La Bestia (como en la canción de Vic Chesnutt, The Garden). No es una enfermedad mental pero me altera el razonamiento, el comportamiento, la facultad de reconocer la realidad, igual que la esquizofrenia. Pero no soy Daniel Johnston o Brian Wilson, aunque me refugie en ellos. Una sensación de hormigueo, mordiscos y picaduras producidos por insectos, un delirio parasitario, lo que algunos científicos denominarían una epidemia futurista. Y sin embargo no me he convertido en Spiderman. Me escondo del sol, de sus rayos malignos como los siberianos huyen de las trenzas doradas de la diosa Umai. Mi aspecto es tramposo, las mejillas sutilmente sonrojadas y mi porte elegante como un zombie que se levanta distinguido del ataúd. Pero me temo que no soy un vampiro. También imito la figura y los movimientos de un ser animado, emulo el comportamiento de las personas, soy prácticamente una simple marioneta animatrónica, con pocos gestos y movimientos humanos. Más, no soy un robot.