El Kinkakuji o “Pabellón dorado”
Parte del equipo de SL nos retiramos unos días a un pueblo en la frontera de dos territorios. Ante la diatriba de estar acomodado en ese lado tan salvaje de la vida, algo errante, ya no pertenece a ningún sitio salvo quizá y si acaso al suyo propio con el que fantasee. Es un espacio que podríamos llamar El Kinkakuji o “Pabellón dorado” pero sin kimono. Donde no se permiten emishi (蝦夷, “bárbaros”, en la etimología samurai), en mi analogía acomodada los burócratas que practican paintball (“bola de pintura”), un deporte, probablemente además de riesgo (me gustaría estar siempre donde pueda soltar una blasfemia...), en el que los participantes usan pistolas de aire comprimido llamadas marcadoras (markers) para disparar pequeñas bolas de pintura a otros jugadores. No, en este distrito brota la clorofila, y donde abunda la clorofila no hay metazoos. Aquí sólo se trata de mitos cosmogónicos: los que intentan explicar la creación del mundo, por la mañana. Y cuando citemos a John Waters de mitos escatológicos: los que anuncian el futuro, el fin del mundo, toda clase de catástrofes naturales que aterrorizan a los humanos. Llevamos bebidas de 1925, un instrumento musical de los años cincuenta, vinilos de los años sesenta y noventa y algún robot para no plantearnos cuestiones éticas, dado que los robots no tienen capacidad para comprender su significado o evaluar las situaciones de riesgo tanto para los humanos como para ellos. Además esperamos que nos enseñen a nadar a mariposa.