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Una radiografía de una manada de búfalos

Shelley se cambió el nombre de pila el mismo día que decidió no casarse con su novio de toda la vida. Desde ese fatídico día pasó a ser Alexis, en homenaje al observatorio espacial de rayos X estadounidense, Array of Low Energy X-ray Imaging Sensors. Tenía la superstición de que algo muy parecido a una radiografía (imaginaria) del interior de Malcom, su ex-prometido, le había revelado el lado oscuro de quien hasta entonces sólo veía el perfil más radiante. Cualquier amiga con sentido común le habría confesado a Shelley antes de convertirse en Alexis que todos tenemos un lado oscuro, el elemento alineado con el mal y el odio, pero que se puede controlar y utilizar esa energía con la mente, e incluso mover cucharas de postre según retransmisiones recuperadas de tiempos pasados en programas de televisión grotescos del siglo XX. Pero no había entonces nadie en su entorno íntimo que no dependiera en su toma de decisiones de un conocimiento esotérico, y entre tanto la transición entre el ser Shelley y el nuevo ente Alexis fue tan vertiginosa y fugaz como una rubia de verano. La decisión estaba tomada acaso antes de cambiar la escena. Alexis inmediatamente odiaba el hastío, la languidez, lo proverbial, las pesadillas, el aire comprimido, las enfermedades infecciosas aburridas e infantiles. Lo quería todo a lo grande, muy adulto, muy grave, muy contagioso, y muy solitario. Repudiaba la comunidad, casi a la gente en sí. Sólo reconocía una unión gravitacional muy débil con la sociedad, se veía una turista en su propio planeta, una adicta a los souvenirs porque disfrutaba de ellos con la mirada del extraterrestre, con la perspectiva soñada por todo comerciante de souvenirs. Vivía en un nube de polvo, una nebulosa de reflexión en la que flotaba como en una galaxia. Parpadeaba, ponía los ojos en blanco. Era extremadamente feliz. Sólo echaba de menos una escena pasada, una manada de búfalos pastando en el parque de Yellowstone.