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12.4.11


Cosas buenas que hago mientras espero el ATAJO
SUPERLUV es un atajo para salvar el mundo y las llaves del atajo me las mandan por correo, probablemente una paloma mensajera llegue pronto. Mientras, me pongo mi anillo mágico y me lo quito del dedo anular de mi mano izquierda, sin un patrón consciente. Ensayo en sesiones maratonianas las canciones del disco y algunas antiguas superluvizadas con la increíble banda Stanislavsky y a veces se nos eriza el vello, y alguna nueva melodía flota por ahí como una cometa sin cuerda. Me alimento de ensaladas de sémola con apio y tomates entre verdes y rojos y pasas y queso y espinacas frescas; y pasta y zumos de kiwi con naranja y café concentrado y aligerado con agua hirviendo, y hamburguesas SL cuando me acompañan los superluvers. Escucho a Mayo Thompson, East River Pipe, Daniel Johnston, Elliot Smith, Magnetic Fields, Benny Moré... Me pongo mi camiseta de Turquía que compramos con Lazslo en Berlín, y cuando la lavo me pongo la otra que tengo, exactamente igual, junto con los pantalones a cuadros de Ella que por eso me gustan más. Compruebo que Todd Solondz sigue sin estrenar su Twitter pero sigo siendo un fiel seguidor de su silencio. Me mantengo informado del fútbol. Abro otra vez el ACME de Chris Ware para volver a darme cuenta de que ahí están todos los misterios de la humanidad sin resolver, los de siempre y los de nunca. Leo un poco de El hombre ilustrado de Ray Bradbury. Monto en bici entre el tráfico de la ciudad como el que pretende hacer largos solitarios a braza, crol, espalda y mariposa, intercalados, en una piscina pública llena de niños haciéndose pis y destiñendo sus flotadores de dinosaurios vegetarianos con el cloro tóxico invisible que además te seca la garganta y enrojece los ojos. A veces tengo un nudo en la garganta y otras en el estómago y sin embargo otras es una bufanda de plumaje rosa la que se anuda a mi cuello y me estiliza como a un flamenco del Caribe. Las pupilas se me ensanchan en la oscuridad, puesto que el iris está constantemente activa. Me ensimismo con todas las aves que migran en formación de V.
pic © Chris Ware

1.3.11


No hay una única definición de blanco
El centrifugado de la lavadora me recuerda a los Butthole Surfers, los echo de menos y acabo de descubrir que esa nostalgia puedo combatirla con dosis homeopáticas de electrodoméstica. También me gusta así sin mezclar ese simple sonido ensimismado como banda sonora, con tan sólo un poco de ruido de fondo, una guitarra que se nos olvida mientras sigue prendida, enchufada a un amplificador. Imagino Lost In Translation, el graffiti de Kevin Shields de murmullos blancos. Echo de menos a Sparklehorse y me compré un chaleco de leopardo, porque no encontré una con piel de pony (sintética; no seré yo quien mate a un pony). Algunas veces hasta un pony puede deprimirse: cuánto echo de menos a Silver Jews. Eran subterráneos, aunque iluminados, y decidieron quedarse ahí y no salir, secuestrados quizá por el Síndrome de Estocolmo. También en esas profundidades parece que Elliott Smith paseaba como si se tratase de la Quinta Avenida de Nueva York. En las notas de su doble disco póstumo New Moon, escritas por sus amigos que le echan de menos, entre otras confesiones muy substanciales cuentan que solía volver de los conciertos caminando por las vías del metro a su casa. Solo, aunque acompañado por todas esas sombras y luces artificiales. Hasta echo de menos a Urge Overkill, esa banda rara de dandis que se hizo famosa por la canción de la película de Tarantino, esa versión de Neil Diamond, pero yo era un verdadero fan desde Saturation. Su música podría definirse como lo mejor de Kiss (o sea, muy poco: más bien lo que querría haber hecho Kiss y nunca pudo) más la capacidad melódica brutal de The Beatles o incluso The Kinks. Todo esto no en alta fidelidad sino en pequeñas dosis y evidentemente no siempre en la cima del mundo porque si no serían una estrellas del firmamento (bueno, eso nunca se sabe a ciencia cierta). Y echo de menos a Melvins, siempre ha sido mi grupo favorito de música negra (son blancos aunque Buzz Osborne -en la foto- tiene pelo afro y ante todo su música es realmente oscura). Su disco Houdini, lo tenía en casete, antes de tanta mudanza, y lo escuchaba todo el rato. No es fácil de explicar por qué me gustan tanto, realmente es algo que me sugieren que tiene que ver con una especia que no consigo descifrar. Es raro que yo hable de cosas que echo de menos, porque sin duda lo que más echo de menos es el futuro, siempre.

8.4.10


La música de Elliot Smith y El Meridiano de Greenwich
Inhalar, exhalar oxígeno, y contener la respiración. La alta fidelidad de la vida está distorsionada pero sin la belleza incidental del acople. Y dentro de este inevitable collage hay atajos de armonía, desenfocados, cadencias narcóticas, de prodigiosa baja fidelidad. Quizá sean espejismos, un efecto del síndrome de Estocolmo como cuando Patricia Hearst, nieta del influyente y poderoso editor William Randolph Hearst, después de haber sido retenida por una organización terrorista (el Ejército Simbiótico de Liberación), se unió a ellos varios meses después de haber sido liberada. Éste quizá sea el límite del abismo del destino, sí, pero se sale del guión, abre una vía al libre albedrío aunque resulte una señal enloquecida, en obras. Entre este Trópico Fantasma y El Meridiano de Greenwich, la semicircunferencia imaginaria que une los polos y pasa por Greenwich, el antiguo observatorio astronómico del suburbio de Londres, está la combinación de la ilusión.

28.1.10


Un día que suena perfecto
La vida es un círculo redundante, la diferencia está en el RADIO.
Obsesionados con el sentido de la vida, es tan comprensible, es tan fácil empatizar. A casi todos, incluso a algunos de los que sintonizan radio fórmulas y reality shows, les ha sacudido semejante angustia trascendental: por qué tenemos exactamente dos brazos y dos piernas y un coxis (del latín coccyx, y éste del griego κόκκυξ), salvo atrocidades de circo de humor negro. Por qué balbuceamos y tragamos saliva justo cuando queremos infundir fortaleza, y provocamos carcajadas cuando fruncimos el ceño. Por no mencionar objetos volantes no identificados que normalmente responden a dioptrías y no a ansiadas visitas espaciales.
Al final todo se reduce a la esencia, dicen, sobre todo los que valoran que “siga siendo el mismo niño con sus dientes de leche”, a pesar de que hayan pasado 35 años y 350 cosas inconexas como poco y que seguir impertérrito e impermeable y circundante al mismo hábitat signifique padecer un grave problema motriz, logopédico e irracional. Pero podemos ver la luz relampaguear, un punto de fuga, el remedio contra el crispante timbre de voz oxidada de la vecina, cuyo alarido aturde hasta a las especies que reptan por las alcantarillas; y la vacuna contra la canción que anuncia la penúltima resurrección de Dios nuestro Mago de Oz. Sólo se trata de elegir con cierto esmero qué se adentra en tus tímpanos. La vida es un círculo redundante, la diferencia está en el RADIO.
El despertador: ‘I Got You Babe’ Sonny Bono y Cher. Asumámoslo desde el principio como Bill Murray en la película ‘El Día de la Marmota’ (‘Atrapado en el tiempo’). Y así asumimos también desde el crepúsculo matutino que en este mundo convives con Cher.
El desayuno
: ‘Joy Without Pleasure’, Daniel Johnston. Intenta pasarlo bien, permanecer atónito ante casi todo, porque algún día perecerás.
Las primeras horas de la mañana: ‘The Magic Number’, De La Soul. Magia y cadencia de números primos (los números primos están presentes en algunas conjeturas centenarias tales como la hipótesis de Riemann y la conjetura de Goldbach) para enfrentarte a un día más. Déjate desorientar por un trío que además tiene nombres que nunca alcanzarás a memorizar: Kelvin Mercer (Posdnuos, Mercenary, Plug Wonder Why, Plug One), David Jude Jolicœur (Trugoy the Dove, Dave, Plug Two) y Vincent Mason (P.A. Pasemaster Mase, Maseo, Plug Three).
Las segundas horas de la mañana
: ‘New Moon’, Elliot Smith. Disco póstumo, un doble álbum con 24 canciones que duran el tiempo suficiente para instaurar un nuevo y desconocido clima de trabajo onírico, lunático y tenue. Mirarás con otros ojos hasta a la población más psicópata.
La comida: ‘Fell In Love With An Alien’, The Kelly Family. ‘Did I Step on Your Trumpet’, Danielson. Canciones enloquecidas de familias enloquecidas para una comida entrañable.
La sobremesa: 'King Midas In Reverse', The Hollies. Un estado de placidez inquietante, efecto lupa del sol contra una piscina nudista imaginada azul tívoli, como un descapotable que conduce Penny Century.
La media tarde: ‘The Vanishing Spies’, Frank Black. Vestido para perder la cabeza como dice la canción, con corona y abrazado a un ramo de rosas rojas. Un aire ‘cincuentas’ futurista. ‘Motel Sex’, Danny Cohen. Puedes bailarla agarrado, o tararearla mientras te pintas las uñas, o que te den un masaje con final feliz con los pies y la canción de fondo.
El atardecer: ‘Diamond Dancer’, Bill Callahan. Un nudo en el estómago, dudas entre los coches de choque y la noria. Entre el algodón de azúcar y el picante. ‘All Is Love’, Karen O and The Kids. Todos los monstruos durmiendo en una piña de amor, saltan y retumba el planeta, se tambalea hasta el fondo del mar. ‘Agnes, Queen Of Sorrow’. Bonnie Prince Billy. Otra vez el sentido de la vida, hay que quitarse el peso innecesario porque si no la nave no planea. Difícil diatriba.
La noche: ‘The Gasoline Age’, East River Pipe. 11 canciones melancólicas separadas por suspiros, que producen sueños en color de rosa genital.
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